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El Retablo

El Retablo Mayor



La joya máxima de El Paular es el retablo gótico en alabastro que preside la iglesia del monasterio. Es una gran pieza de 8,85 x 12 metros, que ocupa todo el fondo del presbiterio, del tipo llamado de batea y dividido interiormente en compartimentos rectangulares con grandes guardapolvos de tracería gótica y en el interior bellas bóvedas nerviadas. A primera vista se advierte que es de estiló hispanoflamenco y de finales del siglo XV (última década). Está tallado en alabastro (lo que es excepcional en Castilla, cuyos retablos son de talla, a diferencia de Aragón), posteriormente policromado.

Se ha repetido incansablemente que este retablo se trajo de Génova y que por su traslado pagó Juan II 8000 ducados, basándose en la afirmación al respeto de Ponz. Si ésta es cierta, debe referirse a otro anterior, pues cuando murió Juan II faltaban muchos años para que se iniciase el que tenemos ante la vista, entre otras muchas razones. Ya hace tiempo que A.L. Mayer escribió al respecto: “Nunca pude explicarme cómo casi todos, hasta Kart Justi, hayan podido sustentar la opinión de que el retablo actual sea idéntico a aquel que fue labrado hacia 1440, en Génova, por encargo del rey Juan II” a pesar de lo cual se ha insistido en el despropósito posteriormente.

Este último autor, que lo llama “orgullo de la grandiosa cartuja de Castilla la Nueva”, ve en él una clara influencia del bajo Rhin y lo emparenta con Simón de Colonia, fechándolo no antes de 1490. Por su parte, Maria Elena Gómez-Moreno ve en él afinidades con la escuela burgalesa de los Colonia y Gil de Siloé, dándole como fecha límite la de 1474. Mucho más acertadamente J.V.L. Brans lo relaciona con la escuela hispano-flamenca de Toledo, de la que era figura destacada Juan Guás, que ya hemos visto dirigió las obras de este período por cuenta de los Reyes Católicos, de los que era arquitecto titular. Lo que confirma la semejanza entre ciertos elementos decorativos de este retablo y de la portada de la iglesia, de neto sabor isabelino.

Ahora podemos afirmar, por primera vez, incuestionablemente, que este espléndido conjunto fue labrado “in situ” por artistas de la escuela de Guás durante la última década del siglo XV. Así lo demuestran una gran cantidad de desechos del mismo alabastro que el del retablo que se arrojaron al patio de Matalobos para terraplenar determinado lugar (algunos parcialmente labrados) y que han aparecido con motivo de recientes obras. Aún más, el actual prior conserva un fragmento de unos 25 centímetros, totalmente tallado con volutas vegetales idénticas y del mismo tamaño que las del guardapolvos exterior, y encontrado en el mismo lugar. No queda ya sino averiguar los nombres de los artífices...

El conjunto destaca por su sencillez estructural y por su decoración profusa hasta el extremo y de él ha señalado A. Durán Sampere “su calidad excepcional y características muy especiales. La agrupación general de las escenas da cierto énfasis a la cuadrícula de sus ejes: tres órdenes en el cuerpo superior, predela elevada y debajo puertas muy labradas y un gran relieve de la Virgen y el Niño rodeados de ángeles... Las composiciones son muy claras y pensadas; las figuras aparecen perfectamente individualizadas dentro de un concepto pictórico, pero de gran nobleza y dignidad. Los doseles calados que cobijan las escenas están delicadamente trabajados y asimismo los montantes con esculturas ornamentales adosadas. La originalidad de su disposición y la calidad de las tallas hacen de este retablo uno de los más bellos de Castilla.

Por otra parte, se trata de un álbum inapreciable para estudiar el vestuario y peinado femeninos de la época de los Reyes Católicos. Y lo mismo puede decirse de la arquitectura civil, tanto exterior como interior.

El cuerpo inferior lo compone la hornacina de la Virgen entre dos portaditas que comunicaban con el primitivo Sagrario, todo ello delimitado por cuatro pilastras con estatuillas bajo doseletes.



La talla de la Virgen de El Paular, de mediano tamaño, es una verdadera delicia, tanto por la delicadeza y belleza del rostro como por la movilidad de la composición. Nuestra señora tiene un racimo de uvas en la mano derecha que parece ofrecer al Niño, uno de los ejemplares más logrados y realistas de la iconografía, quien a su vez tiene un pájaro en la mano izquierda al que da de comer un grano de uva. Madre e hijo están rodeados por un precioso coro de seis ángeles que tañen diferentes instrumentos musicales de la época. El conjunto es inefable y para pasarse muchas horas de contemplación ante él.

De las dos portaditas, muy decoradas, con sendos ángeles en las enjutas y estatuillas de santas en los intercolumnios se ha escrito que “por sí solas, estas puertas son monumentos sin rival del estilo isabelino”.



La predela, elevada está constituida por seis compartimentos de las mismas dimensiones en que se efigian escenas de la vida de la Virgen, quizá la más atrayentes de todo el retablo. Son éstas, de izquierda a derecha del espectador, la Presentación de la Virgen en el Templo (destacan los dos curiosos que se asoman por una galería y el mendigo que sestea en el atrio indiferente a lo que sucede, así como la arquitectura del templo, de transición gótico-plateresca); la Anunciación, en la que además del Espíritu Santo aparece Dios Padre, detalle poco frecuente en la iconografía (es de señalar también la minuciosidad con que se ha representando el mobiliario); la Visitación, una de las escenas con mayor encanto, y en la que hay que señalar la variedad de peinados e indumentos de las mujeres participantes, así como elementos arquitectónicos; el Nacimiento de San Juan Bautista, deliciosa composición, llena de intimismo en la que no falta ni un detalle; el Nacimiento de Jesús en la que se incluye un encantador Anuncio a los Pastores; y la adoración de los Magos, en que destaca el lujoso vestuario de éstos y la arquitectura casi renacentista de la casa de la Sagrada Familia.


Escena del Nacimiento de San Juan Bautista, patrono del monasterio de El Paular

El primer cuerpo propiamente dicho se divide en cuatro compartimentos, más anchos de los extremos, y en los que se representan las siguientes escenas: la Presentación del Niño en el Templo, con gran concurrencia de personajes; el Bautismo en el Jordán, en presencia de dos ángeles, uno de los cuales sostiene las vestiduras de Jesús; la Ultima Cena, en la que Jesús echa el brazo por encima del hombro de San Juan; y el Prendimiento, en que no falta el detalle de Malco reclamando su oreja, que Jesús le ofrece, mientras Pedro envaina su espada, con una hilera de olivos en el horizonte.

El segundo cuerpo tiene la misma disposición que el anterior y en él las escenas se suceden así: la Flagelación, ante la presencia de Herodes, y en la que destaca la noble y serena actitud de Cristo; el Camino del Calvario, entre gran concurrencia de tropa, con indumentos casi renacentista, y en la que causa maravilla que la cuerda con que el sayón tira de Jesús pueda estar hecha de alabastro, tal es su perfección; el Calvario, sin fondo alguno, para mejor destacar la soledad de Cristo crucificado, nota que se acentúa por el alejamiento de los dos grupos presentes (en el de la izquierda es impresionante el patetismo de la Virgen, a la que sostiene en brazos San Juan y una santa mujer). Y el Descendimiento o Piedad, donde la Virgen recoge sobre sus rodillas el cuerpo rígido de su Hijo, con un fondo de tinieblas.

El último cuerpo no consta más que de dos compartimentos en que se efigia la bajada de Jesús al Limbo, figurado como la boca de un gran dragón, en presencia de curiosas representaciones de demonios, muy del gusto flamenco (en la parte superior de esta escena y en pequeño tamaño se ve la aparición de Jesús a su Madre, tema de gran rareza iconográfica); y la Resurrección, en que los dormidos soldados parecen escapados de los tercios del Gran Capitán.

Pero no acaba aquí todo. Además de las escenas mencionadas no hay que perder de vista la riquísima y bien terminada decoración en que junto a los finos encajes gótico-floridos de los guardapolvos alternan motivos vegetales, entrelazados a veces con angelotes desnudos y bicharracos, y otros simbólicos (junto al Descendimiento hay siete cabezas juveniles, ¿los legendarios siete infantes de Lara...?!. Pero más importancia tienen los treinta y nueve santos y santas que se albergan bajo góticos doseletes adosados a las diversas caras de las pilastras, de que pueden distinguirse fácilmente S. Andrés, S. Judas Tadeo, S. Pedro, Sta. Bárbara, S. Juan Bautista, S. Bartolomé, Santiago el Menor, Santiago el Mayor, S. Pablo, San Antonio Abad, S. Sebastián, S. Cristóbal, etc., etc.

Sobre las alas del segundo cuerpo hay, además, sendas tallas barrocas (s. XVII) de S. Juan Bautista y S. Bruno, de buena calidad. Y rematando el retablo, el tradicional grupo de Calvario, también barroco y de buena factura (quizá sustituyese al que hoy preside el refectorio, gótico del siglo XV).






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