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La restauración monástica en España VI

VI. Pensar la restauración monástica.

Las líneas maestras por las que hoy discurre el monacato occidental en Europa arraigaron en los ambientes católicos restauracionistas del siglo XIX. La vida monástica de nuestro tiempo, tal como la llevan a cabo los monjes benedictinos, cistercienses y jerónimos es, en términos globales, un reflejo del modelo restauracionista decimonónico.En palabras de Leclercq, la restauración monástica del siglo XIX se habría caracterizado por estos rasgos:

“Monacato de reacción contra un estado reciente de la sociedad y de la Iglesia que estaba dejando en el presente; de restauración de un pasado conforme se creía que había sido, no de creación o de inserción en una situación nueva – e irreversible- del mundo; orientado no hacia este mundo (…), sino hacia la creación de islotes de cristiandad que intentaban revivir un pasado.” 

Más recientemente, Lluis Duch ha enjuiciado esta restauración y sus consecuencias para el monacato posterior en los siguientes términos:“Se ha subrayado con insistencia que la vida monástica en Occidente –y de manera especial la restauración romántica del siglo pasado (Solesmes, Beuron, Subiaco)- ha tenido como modelo la sociedad feudal, lo cual implica que en los monasterios actuales impera una concepción piramidal, feudalizante, de las relaciones humanas en el seno de la sociedad monástica, porque, por regla general, no se ha llevado a cabo una serena reflexión crítica sobre las implicaciones que la restauración católica del siglo pasado (en concreto, los antecedentes y las consecuencias del Vaticano I) tuvo sobre la vida monástica, la cual a menudo se formuló como respuesta militante a la Revolución Francesa y a las revoluciones decimonónicas.”

“El peso negativo que arrastra el monaquismo europeo es que no ha sido capaz de superar la visión del mundo y la praxis correspondientes de tipo feudal y clericalizante, que se agravó a causa de la restauración católica del siglo pasado.

Los monasterios europeos más influyentes en la época (Solesmes, Subiaco, Beuron, María, Laach,), así como las ideas y modelos que se impulsan desde ellos, habían surgido en la atmósfera de un retorno “romántico” (o “postromántico”) a los “siglos de la fe”, a la Edad Medía, idealizada en el siglo XIX como época de la fe y de gran fervor, de unidad de la cristiandad, y de la que se intentaba recuperar un conjunto de elementos (poder centralizador del papado, unidad litúrgica, pureza de observancias…) Por eso, el proyecto de restauración nos remite, desde un punto de vista formal, a una particular manera de pensar y de actuar, a una teoría y a una praxis orientadas a introducir en tiempo presente esquemas de una época pasada, vista como “apetecible edad de oro” de una determinada religión, nación o cultura. Dicho con otras palabras: La restauración monástica es, en el fondo, un intento por volver a la “sacralización” del tiempo y el espacio según  las formas del Antiguo Régimen (frente a la industrialización), mediante la activación de un conjunto de artefactos, entre otros unos estilos arquitectónicos (grandes abadías), un modelo de liturgia, un ideal de autoridad (según el modelo que impulsaba el Vaticano I), un régimen de gobierno y de administrativo del poder, una estética religiosa (canto gregoriano, exuberancia de rúbricas en el culto), una idea de trabajo manual (vuelta al artesanado), una concepción romántica del espacio natural (cierta “manía” a la ciudad). Estas son, a nuestro juicio, las principales representaciones (“rationales”) que adornan el movimiento de de restauración monástica, sin las cuales no es posible entender en todo su alcance la vida de nuestras comunidades monásticas.

Sin embargo, aunque la restauración monástica ha seguido unos patrones generales, no se ha llevado a cabo de la misma manera en todas Órdenes, ni ha tenido los mismos resultados en cada país y en cada monasterio. Cada restauración tiene un cariz propio según regiones, lugares y tiempos. Unas restauraciones son más deudoras de elementos o ingerencias extranjeras que otras. Unas son más “regionalistas” que otras. Las hay mucho más “continuistas”. Las comunidades monásticas tampoco revitalizan de la misma manera el legado de su patrimonio espiritual, intelectual o cultural. Pero no cabe duda que la restauración y otro tipo de restauraciones (de signo político, cultural, religioso, etc) forman parte de un “todo” contextual. Una cosa nos parece clara: Las restauraciones, sean del tipo que sean, no se caracterizan en absoluto por su creatividad; no tienen como meta la posibilidad de una nueva experiencia o de una experiencia creadora “hic et nunc”, sino que se imponen como cuestión primordial recuperar y dar continuidad de la manera más eficaz posible a ciertos modelos antiguos. Por eso son, propiamente hablando, restauraciones.

Por la que respecta a España, la situación suscitada por las guerras y la agitación napoleónica suponen una especie de colapso intelectual, político, económico, espiritual…, que dificultan la reactivación de unos proyectos monásticos con personalidad e identidad propias, “autóctonos” (pérdida definitiva de la Congregación de San Benito de Valladolid, por ejemplo). Las congregaciones religiosas que surgen en nuestro territorio son de “vida activa” (no “contemplativa”) y de tipo apologético dentro de un contexto de “subcultura” católica. La restauración monástica española se hace a partir de modelos instaurados en Francia, Alemania e Italia, de donde se importan esquemas y orientaciones monásticas y, en algunos casos, personas (en particular, de origen y mentalidad francesa). Pero tampoco en nuestro país son lo mismo todas las restauraciones monásticas. Sin atendemos a la impronta ideológica, no se pueden igualar en todos sus matices y su profundidad una restauración que tiene lugar en un enclave político, ideacional, religioso o cultural castellano, por ejemplo, y aquella que acontece en un contexto vasco o catalán. De hecho, los proyectos monásticos no solamente tienen una historia particular por la que se diferencian entre sí, sino que, además, son distintos según los lugares donde emergen, como hemos podido comprobar en páginas anteriores y volverá a ratificarse en el capítulo siguiente. Las restauraciones más fervientes y ortodoxas son aquellas que surgen a finales del siglo XIX y principios del XX, coincidentes en reproducir el modelo tradicional que se restaurar y, por lo tanto, deficitarias de una especificad o singularidad propias, esto es, de una orientación mental espiritual nueva y diferenciada.

Por lo demás, es indudable que desde los comienzos de la restauración de monástica hasta hoy los monjes han alcanzado en toda Europa metas importantes en los campos social y asistencial, en las artes, la investigación, el gobierno de la Iglesia, en los saberes en general, de modo semejante a lo que había acontecido en épocas pasadas. Ya hemos mencionado las fecundas aportaciones de Solesmes en el terreno de la liturgia y de la música sagrada, o la contribución de Mont-César a la pastoral litúrgica, o la de Maredsous a través de la figura de Dom Columba Marmion, maestro y divulgador por escritos de una corriente de espiritualidad cristiana que tanto habría de influir en los ambientes católicos, etc. En Italia destacará, entre  otros, Dom Schuster, cardenal y arzobispo de Milán, historiador de la liturgia. En Inglaterra, hay que recordar los trabajos realizados por los abades Butler, sobre la historia del monacato, y Vonier, autor de quince volúmenes teológicos de corte tomista. En Alemania sobresalen Dom Herwegen y Dom Odo Casel, ambos de María Laach, famosos por sus aportaciones en el campo litúrgico y en la reflexión teológica (“Mysterientheologie” o Teología de los Misterios). En Bélgica, Dom Beauduin destacó como pionero del movimiento litúrgico belga, así como en la corriente ecuménica para la unidad de los cristianos impulsada desde los monasterios de Amay (1925) y Chevetogne (1939)

Han sido mundialmente reconocidas las labores de investigación hechas por los cistercienses Séjalon, responsable de la reedición de una colección de fuentes monásticas denominada “Nomasticon Cisterciense”; Janauschek, editor de los “Xenia Bernadina”; Gregor Müller”, etc. La lista, en cualquier caso, es más larga de lo que acabamos de señalar.

En España ha sido la Orden de San Benito la que más se ha distinguido en los estudios y en la formación intelectual de sus monjes. Una vez restaurada la vida monástica en los respectivos monasterios, no han faltado abades que han procurado la selecta educación de algunos monjes poniéndoles en contacto con las mejores corrientes culturales de Europa. Destacaríamos en esta línea de intelectualidad monasterios como Montserrat o Lazkao. Los benedictinos de Montserrat despuntarán entre las demás abadías. Tradicionalmente, los monjes de Montserrat han cultivado la historia, la liturgia, la música sagrada, la exégesis bíblica, la espiritualidad (no olvidemos la gran influencia que tuvo el Ejercitatorio de la vida espiritual, de García Jiménez de Cisneros), la teología, la lengua y literatura catalanas, las lenguas clásicas, el arte imprimir (desde 1907 cuenta el monasterio con una Editorial), etc. Son varias las revistas y colecciones de carácter científico y de divulgación que han visto la luz en este monasterio. El archivo, la biblioteca, la pinacoteca, o el museo de Montserrat nos dan cuenta del extraordinario patrimonio (acrecentado tras la restauración) de que dispone hoy esta gran abadía. Hemos de mencionar, también, el caso de los monjes silenses, cuya producción literaria y artística va a estar representada por importantes trabajos en los campos litúrgico-musical y de las ciencias eclesiásticas. En 1898 se funda el “boletín de Silos”, que representa un importante instrumento de divulgación de la Orden Benedictina, así como de propagación de la liturgia y e canto gregoriano; en 1907 la comunidad silense asume la dirección de “Revista Eclesiástica”, Órgano del clero español, a través de cuyas páginas los monjes van a tener una destacada influencia en el estamento sacerdotal. Silos tendrá su mejor historiador en la persona de Dom Férotin, archivero del monasterio, destacando por las publicaciones de “Liber Ordinum” y “Liber Mozarabicus”, sin que olvidemos la labor cientifica desarrolada por el abad Dom Luciano Serrano, reconocido historiador e historiógrafo, etc. Entre los Jerónimos, la tradición artística de la Orden se recupera un tanto a partir de la restauración de 1925, José Mª Aguilar, o Fr. Bartolomé Royer en arquitectura. En la historiografía moderna de la Orden destaca Fr. Ignacio de Madrid; en la forja del hierro y en la encuadernación antigua sobresale Fr. Francisco de Andrés.

Concluimos este capítulo subrayando que el recorrido que hemos hecho por algunos jalones de la historiografía monástica más reciente, aplicado, sobre todo, al caso de España y tomando como primer punto “a quo” o de partida la restauración del siglo XIX, ha tenido como finalidad dejar constancia del proceso global de recomposición protagonizado por unas Órdenes monásticas en el periodo que va desde la Revolución Francesa hasta el momento en que la historia monástica entra bajo la influencia renovadora del concilio Vaticano II, acontecimiento éste que tomamos, a efectos metodológicos, como segundo punto “a quo” o de partida la restauración del siglo XIX, ha tenido como finalidad  dejar constancia del proceso global en el periodo que va desde la Revolución Francesa hasta el momento en que la historia monástica entra bajo la influencia renovadora del Concilio Vaticano II, acontecimiento éste que tomamos, a efectos metodológicos, como segundo punto “a quo” de dicho proceso. En consecuencia, será el concilio Vaticano II el hecho histórico que nos introduzca ahora en lo que llamamos, de manera muy general, la adaptabilidad de lo monástico, refiriéndonos con esta expresión tanto a los trabajos de renovación emprendidos por las Órdenes monásticas una vez terminado el último concilio (lo alcanzado), como al desafío que esa adaptabilidad conlleva en nuestros días (lo esperado) para el futuro del monacato.






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