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Arte Contemplativo

ARTE Y CONTEMPLACIÓN: La Pasión en El Paular. - Carlos Mª López-Fé



Dos mundos complementarios. A la contemplación desde el arte. El plano de los sentidos, especialmente los dos más finos en sus percepciones, la vista y el oído, se hace vehículo para el nivel profundo del ser, allí donde se arraiga el sentido trascendente. La vivencia del arte y el ámbito de la espiritualidad se han relacionado estrechamente a lo largo de los siglos, no sólo en el mundo cristiano sino en los de otras religiones. Pero si nos limitamos al mundo cristiano podemos afirmar sin temor a equivocarnos que han sido los temas de nuestra fe los que han proporcionado ingente motivo de expresión para el arte universal, pues también en el mundo oriental hay bellísimas obras de arte con temática cristiana. Baste sólo citar las delicadas pinturas del universo japonés ya desde el siglo de la evangelización por San Francisco Javier. Y en época más reciente hallamos en el mundo de la negritud valiosas manifestaciones artísticas.

Todo ello conduce a la contemplación de los misterios de la vida del Señor y las figuras que la pueblan, como de los santos, amigos de Dios. La imagen de la Virgen María ha inspirado sobre todo obras de arte de una belleza impresionante, capaces de suscitar los más hondos sentimientos de fervor, desde la admiración ante el anuncio del Ángel a la doncella de Nazaret o la ternura de las escenas navideñas, al patetismo de la Piedad, que evoca el dolor de María ante el cuerpo exánime de su hijo depositado en su regazo tras el descendimiento de la cruz.

Y no sólo se percibe la estrecha relación del arte pictórico o escultórico como vehículo para la contemplación de los acontecimientos evangélicos, como medio de nutrir la vida interior. También la arquitectura, como arte mayor, muestra cualidades expresivas en la estructura de los recintos sagrados que generan en el ánimo de la persona vivencias directamente relacionadas con el mundo de la trascendencia. ¿Cómo no evocar el potencial contemplativo de los templos románicos y góticos, propicios a suscitar el recogimiento interior? Y de igual manera podemos referirnos a ese otro mundo del arte que es la música.

Este fenómeno de relación arte-vida espiritual no se da tan sólo en personas de fe viva, sino que sus efectos evocadores son capaces de despertar las vivencias que tienen su raíz en el psiquismo de los no creyentes, como en cualquier persona, llevándoles a descubrir esencias tal vez ignoradas u olvidadas, de modo que se abre para ellos un fascinante mundo de realidades más allá de las inmediatas percepciones del universo tangible. Son conocidas las experiencias de conversos, hombres y mujeres que, hallándose alejados del mundo religioso, se han visto sorprendidos por el hallazgo de esos planos vitales profundos donde anida la realidad no menos cierta, aunque no sea experimentalmente constatable, de la trascendencia.

Iniciamos nuestra colaboración en esta página web con la intención de destacar esas relaciones entre arte y contemplación, de que la obra de arte suscita en nuestro espíritu el vuelo hacia lo inmaterial pero internamente perceptible. Y nos vamos a ocupar ante todo de 'nuestro' monasterio. Lo hacemos confiados en el gran poder evocador de las innumerables cualidades que encierra este admirable recinto. Otros lugares y ámbitos, con preferencia de los ámbitos monásticos, ‘ámbitos del silencio’, nos permitirán ejercitar el sentido contemplativo, pero, ante todo, nos vamos a ocupar de este cenobio de Santa María de El Paular.

No seguiremos una línea 'programática', al especie de exposición ordenada, a modo de visita con guión artístico. Deseamos más bien dejarnos llevar de referencias circunstanciales, como podrían ser las de orden litúrgico, cuyas celebraciones nos llevan a considerar obras de arte que encontramos en el recinto del monasterio.

Y puesto que nos hallamos en unas celebraciones tan nucleares de la fe como son las de Semana Santa, y sus grandes conmemoraciones del misterio redentor nos centramos en imaginería pasionista. Dejamos el impresionante retablo alabastrino cuyas escenas requieren una exposición amplia para detenernos en la contemplación de tres imágenes que en El Paular han sido objeto del interés de este comentarista: el impactante Crucificado que preside en recinto del refectorio, y dos figuras de la Piedad, con María transida de dolor. Todas ellas nos conducen a una actitud silenciosa y recogida, muy a propósito para estos santos días.


El Crucificado que forma parte del Calvario que preside el amplio refectorio, es una pasmosa imagen con todas la cualidades de dramatismo expresivo del gótico tardío. Podríamos denominarlo ‘Cristo de la sangre’, pues ésta mana a raudales del lacerado cuerpo muerto, de rostro intensamente patético por su abierta boca expirada. De las cinco heridas se derrama la sangre, que es recogida en cálices por muy bellos ángeles. Sobre todo de la herida del costado mana un gran chorro de sangre, tallado como un arco hasta el cáliz sostenido por el ángel. En las numerosas ocasiones que he tenido de contemplar este Crucificado, he recibido una creciente impresión del dolor que transmite esta admirable imagen.

Las otras dos son el conjunto que puebla el tímpano de la gran iglesia monacal, nada más acceder al amplio vestíbulo del templo. La escena se compone de cuatro figuras: María, sentada al pie de la cruz, con el cuerpo inerte y rígido de Jesús en sus rodillas; a su derecha se halla la imagen de San Juan, con afligido aspecto , y a su izquierda una mujer con un pomo en la mano, que podemos identificar con María Magdalena. Es la clásica escena pietista del siglo XV, y para más remarcar el significado, en la base del tímpano figura la frase que se aplica en este caso a María: "Videte si est dolor sicut dolor meus". Sin embargo, hemos de reconocer que la imagen de Nuestra Señora no muestra un rostro especialmente expresivo.


No ocurre igual con la otra imagen mariana, que siempre hemos conocido presidiendo la capilla interior de la Comunidad, en el claustro. Esta sí que es una emocionante figura de la Piedad. También pertenece al periodo gótico final del XV. Es una doliente imagen de María, con el cuerpo de Jesús muerto sobre sus rodillas, pero sin la rigidez de la figura del tímpano. La expresividad se concentra en el ademán y rostro, que asoma en medio del amplio ropaje que cubre a la Madre, quien sostiene en su mano derecha un gran pañuelo en actitud de enjugar sus lágrimas con acendrado gesto de dolor. El cotidiano canto de Completas, que muchos años hemos podido celebrar, culminado con la Salve, mientras la luz de un foco se concentra en la figura mariana, en medio de la oscuridad del recinto, hace de esta prodigiosa figura una fuente de permanente y callada contemplación, que se prolonga en el más absoluto silencio durante los minutos siguientes al último oficio monacal.

Arte para la contemplación, para despertar los más íntimos sentimientos de piedad ante el misterio redentor de Cristo, con la inseparable figura de su Madre junto a la cruz y recibiendo el cuerpo inanimado del Señor, para la meditación de esos 'pasos' evocados por la más antigua y venerante devoción del divino sacrificio, propia de estos fervientes días, el Vía Crucis.









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